Pensar la Primera Guerra Mundial, a un siglo, desde el liberalismo

Pensar la Primera Guerra Mundial, a un siglo, desde el liberalismo

Por Omar R. León

Hoy se cumple un siglo del inicio de uno de los acontecimientos que, en opinión de Eric Hobsbawm, inicia una era de catástrofes, la Primera Guerra Mundial. Esta era está comprendida por el periodo que va del 28 de julio de 1914 (la declaración de guerra de Austria contra Serbia) al 14 de agosto de 1945 (la rendición incondicional del Japón). El significado de hacer la guerra cambiaría en 1914, pues hasta ese momento no se había librado una de magnitudes mundiales, en la que todas las potencias y países europeos, a excepción de España, Países Bajos, los tres países escandinavos y Suiza[1].

          Es posible rastrear los orígenes del conflicto hasta un conflicto entre la Triple Alianza (Francia, Gran Bretaña y Rusia) y las potencias centrales (Alemania y Austria-Hungría). Serbia y Bélgica se unieron al conflicto a raíz del ataque austriaco contra la primera, y del ataque alemán contra la segunda. Turquía y Bulgaria se anexaron a las potencias centrales. Al mismo tiempo, la Triple Alianza compró la participación de Italia. Asimismo, tomaron parte Grecia, Rumania y Portugal. Japón entró a la guerra para ocupar posiciones alemanas en el Extremo Oriente y el Pacífico occidental, limitando su actividad a esa zona. La entrada de Estados Unidos en 1917 resultó decisiva. Los datos que arroja el número de muertos quizá no es apabullante en un mundo desnaturalizado que ha interiorizado la guerra. Sin embargo, resulta monstruoso saber que 1,6 millones de franceses, 1,8 millones de alemanes, cerca de 800, 000 británicos y 116,000 norteamericanos, sin contar las bajas de otras naciones murieron en la Gran Guerra[2].

          La tecnología jugó un papel fundamental en el campo de batalla. La guerra química se dio a través del gas tóxico, usado principalmente por alemanes. Ello no se dio en la Segunda Guerra Mundial, pues en la Convención de Ginebra de 1925 se acordó no utilizar la guerra química. Asimismo, los británicos fueron pioneros en la utilización de tanques. En ambos bandos se emplearon los incipientes aeroplanos. El submarino cobró gran relevancia, pues a través de ellos ambos bandos intentaron provocar hambre a la población de su rival. Con ello se pretendía desestabilizar las economías planificadas de guerra a través del corte de mercancías[3].

          Finalmente, a través de las condiciones de paz impuestas por los vencedores supervivientes en el Tratado de Versalles, Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia e Italia, responden a cinco consideraciones. En primer lugar, el derrumbamiento de diversos regímenes en Europa y el surgimiento y triunfo del bolchevismo en Rusia. Se buscaba asimismo controlar a Alemania, que estuvo cerca de derrotar al bloque aliado. Era menester reestructurar el mapa europeo para debilitar a Alemania y para llenar los huecos que supuso la derrota simultánea de los imperios ruso, austrohúngaro y turco. Con ello fomentaron la creación de Estados Nacionales étnico-lingüistícos, lo cual traería conflictos desastrosos, como los atestiguados en la Europa de los años 90: la guerra civil yugoslava, la agitación secesionista en Eslovaquia, la secesión de los Estados bálticos de la Unión Soviética, el conflicto Húngaro-Rumano, o el separatismo de Moldova. Oriente Próximo fue repartido entre Inglaterra y Francia, a excepción de Palestina, donde el gobierno británico prometió establecer una patria para los judíos. Las reminiscencias de la Primera Guerra siguen haciéndonos eco. El Congreso de Estados Unidos, por otra parte, no ratificó el tratado de paz que redactó, teniendo consecuencias importantes a futuro. Los vencedores intentaron establecer una paz que imposibilitara la guerra, a través de la llamada Sociedad de Naciones, que resultó un absoluto fracaso. Asimismo, a Alemania se le impusieron duras penas: se le responsabilizó por completo de la guerra y sus consecuencias, no solo las amputaciones territoriales, sino la prohibición a tener una flota importante, a tener fuerza aérea, y se redujo su ejército terrestre a 100, 000 hombres; también debió resarcir daños casi infinitos, y fue privada de sus colonias de ultramar. El Tratado de Versalles estaba condenado a fracasar desde un inicio[4].

          El libro de Hobsbawm yerra fatalmente al asociar la guerra al capitalismo de libre mercado. Cuando falazmente supone que la crisis de 1929 se debió a la libertad de mercado, supone que toda la etapa anterior a ese suceso la libertad de comercio reinaba. Nada puede estar más lejos de la realidad. Desde el vanagloriado Adam Smith hasta los recientes teóricos anarcocapitalistas coinciden en que el comercio libre es una eficiente forma de cooperación y que invariablemente conduce hacia la paz. Otra cosa es cuando el sistema intervencionista pretende imponer privilegios a su producción, o ambiciona el territorio ajeno. Ludwig von Mises señala que es la común interpretación de asociar al proteccionismo con el capitalismo lo que ha popularizado esta creencia. Puntualiza además que el dirigismo estatal al imponer barreras migratorias y comerciales y discriminar los productos, capitales y trabajadores extranjeros ha conducido a la guerra[5]. Es además el ridículo expansionismo imperialista lo que ha orillado a la humanidad a calamitosas guerras, pues en aras de agrandar su territorio invade otros para anexarlos, con el fin de explotar sus recursos naturales, ignorantes los gobiernos quizá de que el libre mercado es capaz de distribuir bienes de mejor manera.

          Por su parte, autores anarcocapitalistas nos ofrecen otras respuestas a la guerra. Mientras que Mises era un acérrimo creyente de la democracia, Hans-Hermann Hoppe relaciona las guerras del siglo XX con la proliferación de Estados democráticos. Llewelyn Rockwell sostiene que la banca central permitió la guerra total. Hoppe hace notar que las naciones más liberales tienden a ser más belicosas, pues la generación de riqueza privada ofrece incentivos al parasitismo estatal. De esta forma, Holanda, Inglaterra y Estados Unidos lograron ser potencias mundiales que llevan a cabo políticas exteriores agresivas. Asimismo, Hoppe resalta la importancia del hecho de que las monarquías fueron mundialmente hasta la irrupción de la Revolución Francesa, cuando eran escasas las democracias, y que tras la Primera Guerra mundial la democracia fuera la forma de gobierno predominante. Escribe Hoppe:

Al desdibujarse la distinción entre gobernados y gobernantes (“nosotros mismos nos gobernamos”), la democracia reforzó la identificación del público con el estado en particular. Más bien que disputas dinásticas por propiedades que podían resolverse mediante conquista y ocupación, las guerras democráticas se convirtieron en batallas ideológicas: choques de civilizaciones, que solamente se resolvían mediante dominación, subyugación y si fuera necesario, exterminio cultural, lingüístico y religioso. Fue cada vez más difícil para los miembros del público sustraerse ellos mismos de inmiscuirse personalmente en la guerra. La resistencia contra mayores impuestos para financiar la guerra fue considerada como traición. Porque el estado democrático, a diferencia con la monarquía, era propiedad de todos, la conscripción pasó de ser la excepción a ser la regla general. Con ejércitos masivos de conscriptos baratos y fácilmente disponibles, el pelear por metas e ideales nacionales, con el respaldo de los recursos económicos de la nación entera, cayó por la borda la distinción entre combatientes y nocombatientes[6].

Llewellyn Rockwell sostiene, por su parte, (aunque su tesis no descarta a la de Hoppe) que el siglo XX fue el siglo de la guerra total, y que ello está relacionado directamente con la centralización de la banca. Instituciones como la Reserva Federal permiten que el Estado tenga una forma de ingresos tal vez más eficaz que los impuestos: la inflación vía impresión monetaria. Arguye Rockwell que el interés del gobierno por eliminar el patrón oro es precisamente el de ir a la guerra, pues no permite la misma elasticidad que el dinero-fiat. Además, subir impuestos tiende a subir las tasas de interés y lo vuelve un recurso aún más escaso, mientras que la expansión monetaria viene aparejada de la expansión crediticia y el subsiguiente crecimiento artificial. La guerra, al ser tremendamente costosa, no es viable para financiarse de forma directa o voluntaria, por lo cual la banca central es bienvenida para hacer esa tarea[7].

            Debe ser motivo de los liberales reivindicar los valores que sustentan nuestra ideología, la vida, la propiedad y la libertad, en orden de evitar que acontecimientos como este se repitan. No debe el dogmatismo rechazar toda acción del Estado, sino aquéllas que resultan perjudiciales a la población. El debate debe seguir abierto en orden de evitar el estancamiento: ¿democracia, monarquía o anarquía?

 

[1]    cfr. Hobsbawm, Eric. “La época de la Guerra Total”, en: Historia del siglo XX. 9a. ed. Buenos Aires: Crítica, 2006 pp. 30, 31.

[2]    cfr. ibid. pp. 32-34.

[3]    cfr. ibid. p. 36.

[4]    cfr. ibid. pp. 38-43.

[5]    cfr. Mises, Ludwig von. “Armonía y conflicto de intereses”, en: La acción humana : tratado de economía. 4a. ed. Madrid: Unión Editorial, 1986 p. 994.

[6]    Hoppe, Hans-Hermann. “Reflexiones sobre el Estado y la guerra.” Instituto Mises Hispano. http://www.miseshispano.org/2012/06/reflexiones-sobre-el-estado-y-la-guerra/ (consultado el 28 de julio de 2014).

[7]    vid. “War and the Fed | Lew Rockwell”, Vídeo de YouTube, 26 de septiembre de 2012, http://www.youtube.com/watch?v=Tl9lS5k7H5M,

Omar R. León

Egresado de sociología, UNAM-FCPyS. Liberal clásico y comprometido con la teoría de los sistemas sociales. También me gusta el heavy metal.

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1 respuesta

  1. Anónimo dice:

    No fue Turquía sino el Imperio Otomano. La guerra también verse como el enfrentamiento entre dos modelos: el estado-nación (Fr, GB, EUA) y el imperio (AusHun, Otomano, Ale)

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