Bastiat contra el despilfarro

Me gusta imaginar a Frederic Bastiat (1801-1850) –quizá el economista más sarcástico de la historia– caminando en las calles de Francia, e intentando ocultar una carcajada después de haber leído el periódico local de Burdeos (ciudad ubicada al sudoeste del país). Es 1845, y hay planes de construir un ferrocarril que vaya de Madrid a París. Bastiat ha leído la propuesta de construir una parada en Burdeos con la excusa de que beneficiaría a la ciudad. ¿Cómo la beneficiaría? Quien propone construir una parada en Burdeos, lo explica como sigue:

«El ferrocarril de París a Bayona debería tener una parada en Burdeos, pues si los bienes y pasajeros se ven obligados a parar en ese pueblo, aumentarán los beneficios para barqueros, porteros, comisionistas, hoteleros, etc.»

Lo que parece una forma sensata de estimular el empleo y el bienestar en la ciudad, a Bastiat le ha producido una carcajada y la ansiedad de escribir una réplica. Cuando por fin logra condensar sus ideas, escribe lo siguiente:

«Aquí claramente tenemos al interés del trabajo por encima del interés de los consumidores.

Pero si Burdeos tiene el derecho de beneficiarse con un obstáculo en la línea del ferrocarril, y si tal beneficio es consistente con el interés público, entonces Angulema, Poitiers, Tours, Orleáns, no, más (todos los lugares intermedios: Ruffec, Chatellerault, etc.) también deberían demandar obstáculos por ser del interés general y, por supuesto, del interés de la industria nacional. Pues entre más obstáculos en la línea se multipliquen, más grande será el incremento de consignaciones, comisiones, envíos, etc., a lo largo de toda la extensión del ferrocarril.

De este modo, tendríamos éxito en tener una línea de ferrocarril compuesta de sucesivos obstáculos, y que podría denominarse como un Ferrocarril Negativo.»

La anécdota de Bastiat pone de relieve la tergiversación de recursos a la que puede inducir la motivación de construir obras públicas con la intención de generar empleo. El trabajo es un medio (un insumo) para un fin: producir algo. Pero la argumentación ingenua de políticos y reformistas sociales pone de cabeza las cosas: considera al trabajo un fin, y a la producción (cualquiera que sea, incluyendo, por qué no, la edificación de un rascacielos inútil) como un medio para alcanzar el fin. La tergiversación del sentido último del trabajo no sería tan peligrosa si una sociedad estuviera dispuesta a construir rascacielos inútiles con tal de tener algo en qué ocuparse; pero, lamentablemente, la tergiversación no necesariamente genera más puestos de trabajo (y puede destruir la creación de algunos).

El comportamiento del empleo durante el mandato de cualquier político suele ser una característica importante con la que se juzga su desempeño: si durante el mandato de Lucrecia Espíndola Gaytán aumentó el desempleo, su reputación sufre; si disminuyó, su reputación prospera. Por eso no sorprende que el político interesado en permanecer en el agrado de los electores quiera persuadirnos de que será capaz de crear empleos.

Y parece que la creación de obras públicas suele ser su respuesta. Su arma más efectiva. Su antídoto más certero. Escuchamos una y otra vez las promesas de Lucrecia de que su inversión en la construcción de pasos a desnivel reducirá la congestión vehicular, ahorrará tiempos de viaje, mejorará el comercio entre ciudades, y creará puestos de trabajo.

¡Qué maravilla! ¡Qué tontos hemos sido! Qué se reúnan todos los macroeconomistas ¡Lucrecia ha encontrado la mejor cura para el desempleo: crear pasos a desnivel! ¡Hip hip! ¡Hurra! ¡Chiquitibum bombita! ¡Chiquitibum bombita! ¡Lucrecia! ¡Lucrecia! ¡Ay, qué bonita…!

Pero el desempleo no cede tan fácil pese a millones de pesos gastados en pasos a desnivel.

Me parece que lo que ocurre es que los políticos han querido replicar los resultados que observan en las empresas. Recuerdo a mi papá platicando sobre Cervecería Cuauhtémoc, y cómo la creación de Cervecería impulsó la industria del vidrio (para las botellas) y del alambre y el aluminio (para los corchos que serían reemplazados por corcholatas) en Monterrey. El crecimiento de las diferentes industrias generó puestos de trabajo para una creciente cantidad de obreros, ingenieros y comerciantes. (Una razón más para aplaudir la creación de la cerveza). La inversión en capital absorbió a una mayor masa salarial.

Entonces parecería lógico que un político pudiera replicar la generación de empleos que ocurre en el mercado. ¿Qué más tiene que hacer sino ponerse a producir algo para estimular a otras industrias, con el pretexto de que necesitará manos y piernas de personas dispuestas a trabajar?

Hay dos razones por las que una obra pública gubernamental puede no generar puestos de trabajo (o entorpecer su creación). ¿Listos? Aquí van:

Todo cuesta
Todo cuesta
Todo cuesta. Una obra pública necesita recursos para llevarse a cabo. Y los recursos pueden venir de la cartera de los contribuyentes. Los pasos a desnivel de Lucrecia no los paga Lucrecia con su dinero. Lucrecia toma el dinero de los felices contribuyentes y lo usa para destinarlo a obras públicas. Y aquí una realidad tremenda, apabullante, desconcertadora: es más fácil gastar dinero de un bolsillo ajeno que del propio. Y la realidad conduce a una todavía más desgarradora: cuando es más fácil gastar dinero, también es más fácil desperdiciarlo.

El despilfarro no es bueno, ni para la generación de riqueza ni para la creación de empleos. Los contribuyentes que cedieron su dinero a Lucrecia podían haber usado ese dinero para otras cosas; quizá, para iniciar un pequeño negocio, invertirlo en un automóvil, comprar vuelos de viaje a Cancún, etc. El uso privado que hubieran dado a su dinero tendría el potencial de incrementar el consumo de bienes que alentarían a diferentes industrias a producir más y contratar más empleados. Algunos podrían haber ahorrado ese dinero para financiar un proyecto de inversión a futuro. Los contribuyentes podrían haber evaluado de forma inteligente qué hacer con su dinero; medir los potenciales riesgos de invertirlo en un negocio de tortas o tacos al pastor. Y al medir los riesgos y evaluar las diferentes alternativas de empleo de su dinero, mejorarían la probabilidad de alentar una sostenible generación de riqueza. ¿Será también sostenible la riqueza de recursos desperdiciados en obras inútiles?

¿Quién no ha sido testigo del derroche, de la irracionalidad de algunas obras públicas? Las obras públicas inútiles entorpecen la generación de empleos porque destruyen recursos que de otro modo hubieran favorecido una mayor producción con capacidad de generar más puestos de trabajo.

Todo cuesta. Las obras públicas que no se financian directamente con dinero de los contribuyentes lo hacen con recursos prestados de instituciones financieras. Un gobierno puede subsanar un déficit fiscal (un exceso de sus gastos sobre sus ingresos) solicitando un crédito. Con los recursos del crédito, Lucrecia, nuestra querida política, puede construir un nuevo paso a desnivel. La financiación de obras públicas a través de créditos posee dos inconvenientes potenciales con posibles mermas en la generación de empleos. Uno es el riesgo moral: la posibilidad de que Lucrecia corra riesgos más altos que los que la institución financiera que otorgó el crédito previó. Si Lucrecia puede transferir el costo de una inversión poco rentable a las carteras de los contribuyentes, es más probable que corra riesgos innecesarios e invierta de formas más estúpidas. Una mala obra pública que después necesite otra para contrarrestar los efectos negativos que su mala planeación conllevó puede motivar a Lucrecia a pedir otro crédito. ¿Y quién pagará los intereses y las amortizaciones de los créditos? Les dejo a ustedes la conclusión. Pero para parafrasear al economista Milton Friedman, pese a que los efectos de diferentes obras públicas puedan contrarrestarse entre sí, no sucede lo mismo con los costos; los costos no se contrarrestan entre sí: se suman. Y una pila más grande de costos significa más desperdicio de recursos, y más desperdicio de recursos significa menor capacidad de generación de empleo.

El segundo inconveniente es que el sector público compite con el privado en la obtención de recursos de las instituciones financieras. Puede concebirse tanto al sector público como al privado como partes de una demanda conjunta de créditos. Y cuando sube la demanda de créditos, sube su precio. Un crédito es una entrega de dinero que compromete a quien lo recibe a redimirlo después de un tiempo; y, a fin de compensar las oportunidades de inversión que pueda perder el acreedor por no disponer del dinero, cobra una tasa de interés. El interés es el precio de un crédito. La adquisición de maquinaria y equipo para el funcionamiento de una empresa (lo que se llama «inversión») depende en forma negativa de las tasas de interés: si las tasas de interés son altas, los empresarios podrán adquirir menos maquinaria. ¿Por qué? Porque las compras del equipo necesario para la producción de una empresa suelen pagarse con los fondos que proveen los créditos.

Cuando la demanda de créditos del sector público presiona a la alza a las tasas de interés y desalienta la inversión privada, los economistas hablan de un «efecto expulsión». ¿Cómo se traduce el efecto expulsión en generación de empleo? Si el empleo que absorben las obras públicas es menor que el empleo que podían absorber las empresas con una mayor inversión, el efecto expulsión está entorpeciendo la creación de puestos de trabajo. Un punto menos para la fórmula mágica de Lucrecia.

El lector escéptico dirá:

«De acuerdo: tú hablas de oportunidades de trabajo perdidas; pero no puedes negar que, sea como sea, ¡las obras públicas de Lucrecia necesitan manos y piernas para llevarse a cabo! ¡De todas formas demandan empleo!».

Y al lector habría que responderle:

«¿Crea empleo contratar a un ejército de hombres para tirar piedras a un río y luego extraerlas de la corriente? ¿Crea empleo multiplicar la creación de pasos a desnivel?

Si ocupamos a un ejército de hombres en tirar piedras a un río –supongamos que se trata de agricultores–, no dispondremos de sus manos para cosechar la tierra; si la tierra no se cosecha, perderemos fuentes de alimento; si perdemos fuentes de alimento, menos personas podrán ocuparse en tirar piedras porque estarán hambrientas: el empleo tenderá a caer. Si multiplicamos la creación de pasos a desnivel, dificultaremos el tránsito vehicular; menos personas llegarán a tiempo a su trabajo; algunas serán despedidas; habrá comercios que se vean en la necesidad de cerrar porque llegarán menos clientes: el empleo tenderá a caer.

Una obra pública, así como cualquier actividad con fines inútiles puede entorpecer el empleo; aunque parezca evidente que lo promueva, no se trata más que de un engaño.

Y no hay engaño más sutil que lo evidente».

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