¿Son las “fallas de mercado” condición suficiente para la intervención gubernamental? Parte I

Lo prometido es deuda, así que aquí les paso la primera parte de mi traducción del articulo que comenté en la entrega #30 de nuestro podcast. La autoría les corresponde a Art Carden y a Steve Horwitz, el artículo original lo pueden encontrar aquí.

“Sigues usando esa palabra. No creo que signifique lo que crees que significa.”
—Mandy Patinkin en el rol de Inigo Montoya en The Princess Bride

Somos defensores sin reserva del pensamiento económico, no solamente porque nos ayuda a comprender por qué – como Joseph Shumpeter explicaba- el capitalismo le permite a las chicas en las fábricas comprar más y mejores medias por cantidades de esfuerzo progresivamente decrecientes., sino porque algunas de las mayores atrocidades en la historia humana podrían haberse evitado con un buen análisis económico.  Por ejemplo, el movimiento eugenésico progresivo de principios del siglo XX fue profundamente anti-económico, pese a ser apoyados por personas consideradas “economistas”[1]. Como Bryan Caplan ha señalado, el Holocausto encuentra algunas de sus raíces en el Malthusianismo, la idea de que el crecimiento poblacional excedería el crecimiento de la producción agrícola[2]. Los desastres de la planificación central en la Unión Soviética, China, y otros lugares habla por sí misma. No exageramos al decir que un buen razonamiento económico pudo haber salvado decenas, si no cientos, de millones de vidas.

Pero el conocimiento económico aplicado de manera parcial puede ser peligroso. En las clases introductorias de economía los estudiantes aprendan sobre distintos tipos de “fallas de mercado”, que ocurren cuando algunas características del mercado previenen que en éste se alcance el nivel de producción eficiente. En el contexto de la economía neoclásica del siglo XX esto representa fallas del mercado para alcanzar el equilibrio frente a un modelo perfectamente competitivo. Desde esta perspectiva las fallas de mercado pueden ocurrir cuando hay externalidades (costos o beneficios no compensados que se derraman sobre individuos que no son parte del intercambio), bienes públicos (bienes que no son rivales en su consumo y para los cuales el excluir a quienes no lo pagan resulta demasiado caro), información asimétrica, y poder de mercado como el monopolio y el monopsonio (cuando hay solo un proveedor o comprador del servicio o bien respectivamente) o el monopolio natural (cuando los costos estructurales de la industria hacen más eficiente el que una sola empresa acapare toda la producción del mercado).

Las externalidades, los bienes públicos, la información asimétrica y el poder de mercado nos hablan de condiciones necesarias –pero insuficientes- para que justificar la intervención estatal en los mercados. Pero con toda certeza podemos decir que no son talismanes que dotan a los intervencionistas de un cheque en blanco para hojalatear la sociedad como si fueran las piezas de su tablero de ajedrez. Muy a menudo los críticos del libre mercado piensan que destruyen cualquier argumento a su favor con el hecho de invocar estos términos[3]. Desafortunadamente los no-economistas, por lo general, no entienden estos términos, y es cierto que entender correctamente estos términos es el primer paso hacia un entendimiento más claro de los fenómenos sociales. Consideremos cada concepto por separado.

Externalidades

Los críticos del mercado invocan algunas veces a las externalidades, refiriéndose a los costos o beneficios de la actividad económica que recaer en personas que no son parte de la actividad en cuestión. La contaminación es un costo externo (o externalidad negativa) clásico. Supongamos que una compañía de acero produce de tal manera que manda químicos al aire que ensucian la ropa colgada de las personas o provoca enfermedades, aún cuando no quieren consumir el acero producido.  Si alguien que compra barras de acero carga con estos costos, simplemente reconocemos el costo como parte de lo que ha sido comprado- i.e. se “internaliza” el costo al intercambio. Otro ejemplo clásico es el del ferrocarril que atraviesa campos de cultivo y que ocasionalmente incendia propiedad de los granjeros más cercanos. Un ejemplo clásico de beneficios externos (o externalidades positivas) es la educación. Si pagamos a una universidad para recibir educación, algunos de los beneficios de ese intercambio se esparcirán al resto de la sociedad gracias a una mayor productividad o un comportamiento más virtuoso[4]. Así como la victima de la contaminación carga un costo sin un beneficio, el resto de la sociedad recibe un beneficio por la educación sin pagar un costo por ello.

En términos normalmente asociados a Ronald Coase, parecería que los mercados fallan cuando los costos y beneficios privados de las acciones difieren de los costos y beneficios sociales. En el caso de las externalidades negativas, los economistas has sugerido impuestos para actividades que general externalidades. Los llamados impuestos Pigouvianos (por el economista A. C. Pigou) arreglarían la falla de mercado. Esta es la clase de argumentos invocados por los críticos del mercado para explicar por qué la intervención gubernamental es necesaria.

Pero la mera existencia de una externalidad negativa no significa ipso facto que el gobierno pueda mejorar la situación del mercado. Hay que notar que los problemas de externalidades generan fallas de mercado sólo en comparación con el equilibrio de un modelo perfectamente competitivo. Es decir, la palabra “falla” no significa que los mercados “no funcionen” en la práctica, sino que fallan en funcionar a la altura del ideal de pizarrón. ¡Resulta que bajo ese criterio los mercados “fallan” todo el tiempo! No hay mercado que se mantenga siempre en un equilibrio perfectamente competitivo, ni siquiera los mercados de recursos que se usan de ejemplo en los cursos introductorios.

De hecho, las externalidades negativas son omnipresentes. Desarollamos toda clase de acuerdos y reglas voluntarias para hacer frente a ellas. Las reglas de etiqueta, por ejemplo, tienen esa función. Cuando todos nos preocupamos por las reglas de etiqueta evitamos cargar a otros con costos externos y tenemos maneras poco costosas de tratar con dichas cargas, las cuales además mejoran la interacción social.

Entender las “fallas de mercado” y la omnipresencia de las externalidades negativas nos puede llevar a las comparaciones que en verdad importan. El argumento para intervenir con base en las externalidades negativas lleva implícita la idea de que el proceso político hará lo que los economistas dicen que debe hacer. Es decir que los políticos impondrán la solución de pizarrón. No obstante, la revolución del public choice[5] que comenzó en la década de 1960 ponen en duda que eso suceda al demostrar que los gobiernos también fallan. El interés personal de los políticos, combinado con la limitaciones de su conocimiento, significa que no es probable que vayan o puedan producir dicho resultado ideal. Nos queda ponderar dos sistemas imperfectos: el de mercados “fallidos” o el de los procesos políticos igualmente “fallidos”. Tenemos varias razones para pensar que el mercado puede hacerlo mejor que los gobiernos en ese aspecto, aún en condiciones no perfectas. Un acercamiento encuentra en cada “falla de mercado” una oportunidad para el emprendedor para solucionar un problema y descubrir, mediante ganancias y pérdidas, que tan bien lo han hecho. El proceso político carece de los incentivos y procesos de transferencia de información necesarios para hacerlo igual.

Así pues, el uso de “externalidades negativas” como una justificación para la acción gubernamental debe mostrar dos cosas: primero, que la supuesta falla de mercado no puede ser corregida ni por emprendedores ni por cambios en las reglas del juego (por ejemplo, definir más claramente derechos de propiedad que pueden resolver externalidades negativas asociadas con la tragedia de los comunes[6]); y en segundo lugar que la solución impuesta por el gobierno es 1) consistente con los incentivos políticos y 2) superior al resultado imperfecto del mercado. Desafortunadamente las personas que abogan por la intervención estatal para corregir las externalidades muy rara vez llevan a cabo el segundo paso. Más desafortunadamente, los economistas rara vez se ocupan de este segundo paso.

@menosgobierno


[1] VerCarden, Art and Steven Horwitz. “Eugenics: Progressivism’s Ultimate Social Engineering.”The Freeman, September 21, 2011.

[2] Caplan, Bryan. “Eugenics, Malthusianism, and Trepidation. EconLog, May 9, 2012.

[3] OUn ejemplo lo encontramos en la sugerencia de nacionalizar Facebook. Ver Philip N. Howard, “Let’s Nationalize Facebook,”Slate, August 16, 2012.

[4] Si el estudiante captura todo el incremento en la productividad en su salario entonces no hay externalidad positive alguna.

[5] Para más en “public choice” ver William F. Shughart, II, “Public Choice,” in David R. Henderson, ed. The Concise Encyclopedia of Economics, 2nd ed., Liberty Fund, 2008.

[6] Ver Garrett Hardin, “Tragedy of the Commons,”in David R. Henderson, ed. The Concise Encyclopedia of Economics, 2nd ed., Liberty Fund, 2008.

Esteban

Minarquista de Mercado. Politólogo e Internacionalista por el CIDE, Ma. en Economía Política por King´s College London. Moderado entre los radicales y radical entre los moderados. Interés en filosofía moral y política, historia de las ideas, y análisis institucional. Yo también estuve allí cuando nació el MLM. @menosgobierno

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1 respuesta

  1. RaC dice:

    Órale, ¡que loco! Tomé un curso on-line con Art Carden. ¡Saludos!

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